¿Cómo se lleva con la fama?

–No me creo muy famoso. A veces no entiendo por qué tengo tanta seguridad a mi alrededor. Es extraño, pero si está es por algo. En España voy y vengo sin problema, pero en Argentina estoy rodeado de gente que me va apretujando. Cuesta llevar una vida. Imaginate dos.

–¿Qué le pasa a la noche cuando apoya la cabeza en la almohada?

–Me cuesta mucho desconectar. No es fácil salir de la jornada. Pero cuando arranco, estoy con todo. A veces los días se hacen muy largos y muchas veces tengo que levantar las manos y dar pelea.

–O sea que en la vida sube la guardia.

–Claro. En el ring no peleo con las manos en el bolsillo porque los pantalones de boxeo no tienen un lugar para meter los guantes. Trato de ser lo más correcto posible, pero en el cuadrilátero me gusta exponer cierta rebeldía. Además, es una forma de dejar en claro que el boxeo está mal enseñado y mal aprendido. No quiero avivar giles, pero se basa en una cosa: tiempo y espacio. Lo demás, acompaña. A veces parece que no quieren enseñar cómo se hace.

–Este tipo de comentario le debe generar algún que otro enemigo.

–Es que no me las sé todas, pero haber ganado 50 de 54 peleas avala un poco mis palabras. No por nada en mi carrera recibí “tan pocos” golpes. Pero hoy en día, ¿quién tiene los cojones para decirme: “Martínez, lo que usted está haciendo, está mal”? Si me reía antes, cuando no tenía ningún cinturón, te imaginarás hoy, que tengo nueve. Todavía me siguen diciendo que suba la guardia, pero me lo tomo con gracia. El tema es que cuando me va bien tengo una gran cantidad de entrenadores, ahora, cuando me caigo, me quedo en singular.

–La vida del campeón suele ser difícil. ¿Le pesa?

–No, porque sé que todo lo que vivo es irreal. Me convertí en una persona de clase alta por todo lo que me dan, pero intento tener sensatez y saber que viajo en business porque me lo pagan. Pero va a llegar un día en el que me dejen de pagar y no sé si tendré ganas de poner tanto de mi bolsillo. Los hoteles cinco estrellas son carísimos. Ahora tengo todo gratis: ropa, teléfonos, gafas, hasta coches, porque si me saco dos fotos con el dueño de la concesionaria tengo todo. Recién ahora acabo de comprar una casa (en España) un poco más acondicionada. Pero me fijé en una que sea bien barata.

–¿Ya encontró lugar para el reloj del Che Guevara que tenía en su otra casa?

–El Che siempre tiene lugar. Es uno de mis mayores referentes como ser humano. Leí tres o cuatro libros y hace poco me regalaron otro más. “Hasta la victoria siempre” es una de las frases que más utilizo en mi vida.

–¿Se arrepiente de algo?

–De nada. Uno no tiene que arrepentirse, porque si lo hacés vas a llevar una carga muy pesada por el resto de tu vida. Estoy muy conforme con todo lo que hice.

–Su mensaje positivo se asemeja a la prédica religiosa. ¿Es creyente?

–Tengo mis propias creencias, pero con la religión me llevo muy mal. Mejor dicho, no me llevo. Es un tema delicado porque la religión, a veces, es importante para la gente. En algunas ocasiones es indispensable, pero en mi persona no lo veo necesario. Hay gente que tiene más o menos fortaleza y aquellos que tengan más debilidad quizá necesiten aferrarse a algo. Pero no creo en un hombre de barba. En eso de que si pecás, pensás mal u obrás mal vas al infierno, pero él te ama. ¡¿Que cojones es eso?! Si me lo cruzo en la calle, le parto la cara. No digamos tonterías. Ya estamos en el dos mil y pico.